sábado, 12 de marzo de 2016

Buda y el Budismo: religión, filosofía y psicología.


   El budismo es la religión, la filosofía, y discutiblemente la psicología, desarrollada a partir de las enseñanzas difundidas en el norte de la India por Siddharta Gautama, conocido como el Buda, alrededor del siglo V A.C.
    Buda no es ni un dios, ni un mesías ni un profeta, y el budismo no postula sobre un creador. Buddha es un título en los antiguos idiomas pali y sánscrito, cuyo significado es "el que ha despertado". En el budismo el término no sólo se usa para referirse al personaje histórico, sino también para referirse a cualquier otra persona que igualmente haya realizado lo que se considera como el descubrimiento personal que él hizo. Las enseñanzas no son vistas por los seguidores como revelaciones divinas ni como dogmas de fe, puesto que existe una dinámica que impulsa a investigarlas e interpretarlas.

  
    El único propósito de estas enseñanzas es la erradicación definitiva de la insatisfacción y el sufrimiento. Su causa, según el budismo, es el anhelo intenso, que a su vez es producto de la ilusión o la ignorancia, entendida como la percepción incorrecta de la auténtica naturaleza de la existencia. Por ello el cese definitivo de esta situación se denomina el despertar. Para guiar el esfuerzo necesario para alcanzar ese nuevo estado, el budismo desarrolla y prescribe prácticas de entrenamiento mental y emocional, la disciplina ética y el estudio.

 

    El budismo es la cuarta religión organizada del mundo por su número de seguidores, la mayoría de ellos en Asia, con unos 380 millones (o unos 700 millones si se incluyera a la heterogénea religión tradicional china). Las principales tendencias del budismo actual se clasifican primeramente en dos grandes grupos o movimientos, el Theravada y el Mahayana. Una adopción de las prácticas del tantrismo hindú en el budismo posibilitaría el surgimiento de lo que en ocasiones se afirma como una tercera corriente, llamada Budismo Tántrico.
    El budismo es reconocido de manera general como una de las grandes religiones del planeta, y afirma una vía de liberación con la que intenta dar una solución espiritual al sufrimiento humano. No obstante, el budismo no es una religión teísta. En Occidente se suele asociar la "religión" con la necesidad en la creencia en una divinidad, y por patrones culturales de este tipo, muy influenciados por las religiones abrahámicas, muchas personas tienden a ver al budismo como una filosofía.

 

    Pero a pesar de que el budismo no postule sobre un dios como última explicación de la realidad en el que creer, y de que realice indagaciones muy elaboradas sobre las características y la naturaleza fundamental del ser humano y de la realidad; el budismo no puede ser considerado solamente una filosofía ya que no es sólo un mero cultivo intelectual sino ante todo espiritual. Así, aunque el Buda rechazó el dogmatismo y la fe ciega, también distanció sus enseñanzas del trabajo de los filósofos al subrayar el valor de la propia experiencia personal directa de estas.
    Sin embargo este debate sobre la naturaleza del budismo sea posiblemente un fenómeno mayoritariamente occidental, y para algunos eruditos budistas orientales, como Walpola Rahula, cualquier tipo de "etiquetado" que le pongamos al budismo carece de importancia real alguna. A partir de finales del siglo XIX el budismo se ha ido conociendo mejor en Occidente, donde desde entonces ha influenciado paulatinamente el pensamiento, el arte y la psicología humanista y existencia.


Fuente:

Amigos de la orden budista occidental (AOBO):

viernes, 12 de febrero de 2016

Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru, Héroe Nacional del Perú y de América.

 
    Lideró la denominada «Gran rebelión» que se desarrolló en el Virreinato del Río de la Plata y el Virreinato del Perú, pertenecientes al Reino de España, rebelión iniciada el 4 de noviembre de 1780 con la captura y posterior ejecución del corregidor Antonio de Arriaga. Curaca (jefe nativo) de Surimana, Tungasuca y Pampamarca, era adinerado y se dedicaba al comercio. Se trataba de un personaje de origen mestizo (fue Marqués de Oropesa) en el que confluía la sangre del Sapa Inca Túpac Amaru con la de los criollos. De hecho, durante una gran parte de su vida, habiendo sido criado hasta los 12 años por el sacerdote criollo Antonio López de Sosa y luego en el Colegio San Francisco de Borja, mostró preferencia por lo criollo llegando a dominar el latín y a utilizar refinadas vestimentas hispanas, pero posteriormente se vistió como un noble inca, hizo uso activo de la lengua nativa quechua en su vida y proclamas, y fue excomulgado de la Iglesia católica. Encabezó el mayor movimiento de corte indigenista e independentista en el Virreinato del Perú. Fue el primero en pedir la libertad de toda América de cualquier dependencia, tanto de España como de su monarca, implicando esto no sólo la mera separación política sino la eliminación de diversas formas de explotación indígena (mita minera, reparto de mercancías, obrajes), de los corregimientos, alcabalas y aduanas (14 de noviembre de 1780).
 
                                        
                                         Placa en la Plaza de Armas del Cusco.



Monumento a Túpac Amaru en la plaza del mismo nombre en Cusco.


   Placa en la plaza Túpac Amaru, Cusco.

César Pinos Espinoza
Periodista freelance.

domingo, 24 de enero de 2016

Compañía de Jesús, con linaje secreto.

Ignacio de Loyola, fundador.
    Pero la consecuencia es una virtud que la influencia jesuítica va debilitando más y más entre los clericales. El astuto, solapado, sagaz y terrible jesuitismo es como el alma de la Iglesia romana, de cuyo poder espiritual se apoderó por entero. Conviene, pues, comparar la moral jesuítica con la de los antiguos tanaímes y teurgos, para descubrir la íntima relación que con las sociedades secretas tienen los arteros enemigos de toda reforma. No hay en la antigüedad escuela ni asociación ni secta alguna que se parezca siquiera a la Compañía de Jesús, contra cuyas tendencias se levantaron generales protestas apenas nacida, pues a los quince años de su constitución se deshicieron de ella los gobiernos de Europa. Portugal y los Países Bajos expulsaron a los jesuítas en 1578; Francia en 1594; la república de Venecia en 1606; Nápoles en 1622; Rusia en 1820.
 
    Desde su adolescencia mostró la Compañía de Jesús las mañas que todo el mundo le reconoce, y que han causado más daños morales que las infernales huestes del mítico Satán. No le parecerá exagerada esta afirmación al lector cuando se entere de los principios, máximas y reglas de los jesuitas, entresacados de sus propios autores y de la obra mandada publicar por decreto del Parlamento francés (5 de Marzo de 1762) y revisada por la comisión que se nombró al efecto. Esta obra fué presentada al monarca para que, como hijo primogénito de la Iglesia, advirtiese la perversidad de (como dice textualmente el decreto del Parlamento) “una doctrina que permite el robo, el asesinato, el perjurio, la fornicación, el parricidio y el regicidio, y sobre las ruinas de la religión quiere erigir la superstición, la hechicería, la impiedad y la idolatría”.
 
    A pesar de las afirmaciones contrarias, ha resultado que la Compañía de Jesús pertenece en uno de sus aspectos al linaje de las sociedades secretas. Sus constituciones, traducidas al latín en 1558 por el P. Polanco e impresas en Roma, se mantuvieron en riguroso secreto, hasta que en 1761 mandó publicarlas el Parlamento francés cuando el famoso proceso del P. Lavalette.
    Los grados de la orden son seis, a saber: novicios, hermanos, sacerdotes, coadjutores, profesos de tres votos y profesos de cinco votos. Además, hay un séptimo grado secreto, tan sólo conocido del general de la orden y de unos cuantos dignatarios, en que consiste el terrible y misterioso poder de la Compañía, uno de cuyos mayores timbres de gloria es para ellos la reorganización del sanguinario tribunal del Santo Oficio, a instancias de Loyola.
 
    Los jesuitas son hoy día omnipotentes en la curia romana e influyen decisivamente en las congregaciones de cardenales y en la secretaría de Estado, de modo que antes de la ocupación de Roma pudo decirse que estaba en sus manos el gobierno pontificio.
    Respecto a su organización interna dice Mackenzie: La Compañía de Jesús tiene signos secretos y contraseñas distintas para cada uno de los grados, y como no llevan divisa alguna exterior es muy difícil reconocerlos, a no ser por declaración propia, pues según el encargo que reciban se presentan como católicos o protestantes, plebeyos o aristócratas, fanáticos o escépticos. Tienen espías en todas partes y en todas las clases sociales, y se fingen mentecatos cuando así les conviene. Hay jesuitas de ambos sexos y de toda edad que se inmiscuyen por doquiera, hasta el punto de haber algunos de familias distinguidas y complexión delicada, que no obstante están de criados en casas de protestantes para mejor servir los intereses de la Compañía. Nunca nos precaveremos suficientemente contra su influjo, pues como la Orden se funda en la absoluta y ciega obediencia, puede convertir toda su fuerza hacia determinado punto. Por su parte, sostienen los jesuítas que “la Orden no es de institución humana sino que la fundó el mismo Jesús al trazarle la regla de conducta, primero con su ejemplo y después con su palabra”.
 
    Pero ¿qué porvenir aguarda al mundo católico si ha de continuar dominado por esta  nefanda sociedad? No será muy lisonjero desde el momento en que el mismo cardenal arzobispo de Cambray levanta su voz en pro de los jesuítas, aunque como han transcurrido ya dos siglos de la exposición de tan abominables principios, les ha sobrado tiempo a los jesuítas para amañar su defensa con mentiras afortunadas, de modo que la mayoría de católicos jamás creerán a sus acusadores.
 
    El pontífice Clemente XIV suprimió la Compañía de Jesús el 23 de julio de 1773, y sin embargo la restableció Pío VII el 7 de Agosto de 1814.
 

Fuente: Isis sin velo. T4. H.P. Blavatsky. N.Y. 1875.
 

jueves, 21 de enero de 2016

¿Los creyentes se autoengañan?


 
   Algunos científicos, como el conocido biólogo Richard Dawkins, han acusado a los creyentes de autoengañarse o de tener sus capacidades mentales disminuidas. Con el 80%
de la población mundial que se declara creyente de una de las 4.000 religiones que existen, según su libro, una explicación así deja poco margen al futuro de la especie humana. En realidad, según estos autores, el cerebro ha fabricado la religión en su propio beneficio. Y la llegada de la neurociencia y los experimentos con el cerebro han permitido conocer mejor cómo lo hace.

   El neurólogo Michael McGuire, coautor del libro y profesor en la universidad californiana de Ucla, descubrió hace casi 30 años cómo estudiar el cerebro de los chimpancés por medio de los residuos de su actividad neuronal sin dañarles. Sus trabajos le permiten sostener que también tienen un sentido de lo que está bien y lo que está mal, es decir, la moral.


   “No es descabellado que los chimpancés tengan una idea de Dios, pero no tenemos evidencias”, opina McGuire. Y no lo es porque ambas especies comparten una misma base biológica, posible origen de su moral.

   Pero el impulso definitivo al estudio del cerebro lo han dado las distintas tecnologías de neuroimagen (resonancia magnética, tomografías, o magnetoencefalografía). En el repaso de los más recientes trabajos en este campo que hace el libro, se observa cómo la fe en Dios reduce los síntomas de la depresión y favorece el autocontrol mientras que la meditación mejora algunas capacidades mentales. Otro estudio también reveló que los creyentes viven más que los ateos o los agnósticos.
  
    La causa hay que buscarla dentro del ser humano. A pesar de ser la especie más poderosa, es presa fácil del miedo y la incertidumbre. Esto genera estrés neuronal, deteriorando las dendritas y reduciendo la neuroplasticidad. Induce más de 100 cambios en el cerebro.

   Según los autores, sólo la religión ofrece un bálsamo trinitario formado por la “socialización positiva, los rituales y una creencia, generalmente en la otra vida”. La experiencia religiosa libera neurotransmisores como la serotonina, la dopamina o la oxitocina, que dan paz al cerebro.

    Aunque los ateos y los agnósticos pueden combatir el estrés con actividades que recreen esta socialización, “siempre les quedará algo de dolor, a menos que crean en la otra vida”, aseguran. Desde un punto de vista evolutivo, parece un suicidio no ser religioso.

Fuente: Miguel Ángel Criado. Libro God’s Brain (El cerebro de Dios, ed. Prometheus Books ), publicado en EEUU.